La trampa de la autoexigencia que nos desconecta del placer
A veces nos pasa que estamos de vacaciones y sentimos que no conseguimos relajarnos. Vamos a una cena con amigos y volvemos más cansados que antes. Terminamos una tarea pendiente y, en vez de sentir alivio, ya estamos pensando en la siguiente. Incluso cuando «todo está bien», algo dentro de nosotros sigue en alerta, en tensión. ¿Por qué pasa esto?
Muchas personas viven atrapadas en un ciclo de autoexigencia tan fuerte que ni siquiera los momentos en los que nos proponemos disfrutar se sienten realmente placenteros. Como si el cuerpo estuviera en un lugar, pero la mente siguiera en otro: analizando, evaluando, comparando, anticipando.
El mandato invisible de “tener que estar bien”
Socialmente hemos aprendido que descansar es un premio que uno se gana por producir, que disfrutar tiene que tener una justificación (“te lo mereces”), y que si todo está “supuestamente bien”, no hay lugar para sentirse mal. Eso genera un doble malestar: por un lado, el que ya venimos cargando y por otro, la culpa de no sentirnos como creemos que “deberíamos” sentirnos.
Este funcionamiento tiene raíces profundas:
- Una autoexigencia constante, que nos hace creer que siempre podríamos estar haciendo algo más productivo.
- Un ideal de control emocional, donde relajarse o disfrutar puede vivirse como perder el foco o volverse vulnerable.
- Una fuerte autocrítica, que juzga cada decisión o sensación con dureza.
- Y muchas veces, una desconexión con lo que realmente necesitamos o deseamos.
Claves para reconectar con el bienestar
Disfrutar no es algo que se activa con un botón. Es una experiencia que surge cuando bajamos las defensas, cuando podemos habitar el momento presente sin juzgarnos, sin esperar nada a cambio. Y cuando has vivido mucho tiempo en modo “exigencia”, esto no es nada fácil.
Por eso, el primer paso no es forzarse a “pasarlo bien”. El primer paso es preguntarse con honestidad:
¿Qué me está pasando que me impide conectar con este momento?
Y a partir de ahí, empezar a construir un nuevo vínculo con uno mismo:
- Darte permiso para no hacer nada sin justificarlo.
- Cuestionar los “tengo que” que rigen tus días.
- Reconocer la voz de la autoexigencia sin dejar que dirija tu vida.
- Practicar la autocompasión, entendiendo que el descanso y el disfrute no se ganan: se necesitan.
- Reconectar con el deseo, más allá de la obligación o el rendimiento.
Disfrutar no es un lujo. Es parte de estar vivos. Y si te cuesta, no es porque estés roto ni porque estés haciendo algo mal. Tal vez sea hora de aprender a vivir de otra manera.
Desde Psicosent, te acompañamos en este proceso con respeto, sin juicio y a tu ritmo.